15 de diciembre de 2011

Agujerito en el zócalo

Por Daniel Ripesi

Iban a mudarse y estaban felices. Habían encontrado una casa más amplia, que hasta tenía un pequeño jardín donde María, de cinco años, podría jugar al aire libre. Sin embargo, la niña estaba triste y bastante enojada con el cambio. Se le explicaban las enormes ventajas del nuevo lugar; se intentó tranquilizarla diciéndole que la compradora de la casa que dejaban estaba muy de acuerdo en que ella volviese cuando quisiera. Pero además ella se iba a llevar todas sus cosas, los juguetes, los adornos de su pieza, en fin, no iba a dejar nada. Pero María, indignada y acongojada, le contestó a su madre: “Es que no me puedo llevar el piso...”.

La niña no podía resignar ese territorio, para ella vastísimo e íntimo: el agujerito en el zócalo por donde entraban y salían miles y miles de hormigas, que a veces ella contrariaba poniendo obstáculos en su camino; los diversos (ínfimos, para una mirada desatenta) desniveles de las baldosas, distribuidas como terrazas escalonadas de un palacio, la mancha oscura en el parquet del living (de la que tanto se lamentaba mamá) que recortaba el espacio reducido de una laguna en la que los viajeros cansados se refrescaban antes de partir nuevamente hacia tierras extrañas (aunque otras veces esa misma mancha en una isla perdida, y entonces todo el piso de parquet era un mar).

En fin, cómo abandonar todo ese territorio existencial: esa mancha del living que se ajustaba a la medida exacta de su pequeño pie (pero que condensaba un millón de mundos posibles), el piso del baño que dibujaba un complicado laberinto que sólo ella podía descifrar, y en ese laberinto que cada vez cambiaba sus trampas y donde sin previo aviso cambiaba de lugar la salida, en ese laberinto mágico siempre había algún insecto desorientado al que ella tenía que ayudar.

Piso rascado, de a ínfimos fragmentos, con tanto esmero y pasión, por el dedito de su mano inquieta, desde cuando todavía había que apuntalarla con almohadones para mantenerla sentadita, piso babeado con generosidad cuando se lanzó, en errático gateo, a la exploración de sus confines, y, más tarde, puesto a temeraria distancia de sus manitos cuando se animó a dar los primeros pasos.

En el principio, ese piso fue para ella pura vastedad sin relieve, sin referencias, casi sin horizonte. Luego, poco a poco, la niña se fue atreviendo a unos pocos gestos mínimos de exploración que empezaron a construir (más que a “reconocer”) relieves y texturas, planicies y elevaciones: “lugares”. Lo que Donald Winnicott llama “gesto espontáneo” es un primer movimiento inmeditado del bebé que se aventura hacia lo extraño y ajeno para inaugurar allí mundos más o menos hospitalarios.

Para empezar, el bebé conquista el mundo escueto y seguro de “unos brazos que sostienen”. Más tarde –dice Winnicott–, el mundo sólo tiene sentido para un sujeto si se ofrece como una prolongación del “patio de atrás”. Los brazos de la madre son la carne de esa dilatada metáfora que llamamos mundo; desde esos brazos se atisba lo que pasa más allá. Y así se dan los primeros pasos, justamente hacia ese más allá que los cuidados maternos (si no son excesivos o inexistentes) trasforman en un territorio de juego. Si se cae de ese espacio de juego –que Winnicott llama “campo de fenómenos transicionales”–, nada y todo, demasiado y demasiado poco: el sinsentido. En ese campo de fenómenos transicionales, el absurdo no lleva al desencanto, la ilusión no lleva a la manía. Es un lugar construido para agasajar, un reparo donde –si fuera necesario– esconderse, donde mostrar sin exponerse excesivamente. Lugar de tránsito, de llegadas y partidas.

Pero a veces, laberinto, hábitat sin techo, campo minado. A menudo refugio infranqueable. Tiene sus sectores blandos, cenagosos, públicos y privados, lugar de estar, de descanso, con alero, con galería en el frente, de mosaicos frescos para recostarse un ratito en verano, y observar atento la marcha ordenada de las hormigas.

J.-B. Pontalis nos dice: “El instante necesita de un lugar para no desvanecerse del todo”. Me gusta esta idea porque, quizá, cada uno de nosotros no sea otra cosa que un inesperado instante o una serie de diversos instantes aislados (que hilvanamos ilusoriamente para darnos la sensación de poseer una historia), fogonazos o estallidos efímeros de pasión y deseo que necesitan de un piso firme donde afirmarse para dar lugar a una vida.


* Psicoanalista.


Publicado en Página/12

22 de noviembre de 2010

Fotografías

El fotógrafo Christopher Payne ha pasado ocho años fotografiando los hospitales psiquiátricos abandonados de Estados Unidos, un viaje que plasma en su libro “Asylum: Inside the closed world of state mental hospitals”, prologado por Oliver Sacks.

Con la calidad artística de las fotos de Payne queda claro que al menos algo bueno puede esperarse de este tipo de lugares.


19 de noviembre de 2010

Vidas arrasadas

Vidas arrasadas: La segregación de las personas en los asilos psiquiátricos argentinos documenta violaciones a los derechos humanos perpretados contra aproximadamente 25000 personas que están detenidas en las instituciones psiquiátricas argentinas. Más de un 80 por ciento de estas personas son encerradas durante más de un año, y muchas lo son de por vida. Dos tercios de las camas psiquiátricas pertenecen al sistema público. A pesar de que en muchas partes del mundo se han clausurado los grandes asilos psiquiátricos, el 75 por ciento de las personas en el sistema argentino de salud mental público se encuentran detenidas en instalaciones de 1000 camas o más.

Este informe registra graves hechos de abuso y negligencia en las instituciones psiquiátricas argentinas, y documenta, incluso, casos de personas que han muerto incineradas en celdas de aislamiento, exposición a privación sensorial mediante el aislamiento por un largo período de tiempo y actos de violencia física y sexual. El informe también detalla condiciones de vida peligrosas e insalubres, tales como la falta de agua en los baños, ausencia de cloacas, amenazas a la seguridad y riesgos de incendio en las instituciones. La vasta mayoría de las personas detenidas en las instituciones psiquiátricas argentinas deben sobrevivir en condiciones de casi total inacción y sin posibilidad de pensarse a futuro por fuera de la institución.

La institucionalización a gran escala y los abusos que la acompañan se debe, en gran medida, a décadas de una política de intervenir en grandes instituciones que segregan a las personas, en lugar de elaborar políticas y destinar los recursos necesarios para el desarrollo de servicios de atención en salud mental y apoyo en las comunidades

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16 de noviembre de 2010

Oiga, doctor!

Oiga, doctor,
devuélvame mi depresión,
¿no ve que los amigos se apartan de mí?
dicen que no se puede consentir
esa sonrisa idiota (J. Sabina)


Desde hace ya un buen tiempo que desde el imaginario social pensamos a la salud como ausencia de enfermedad o la falta de síntomas. Esta forma de pensamiento sostiene que es sano el que no está enfermo o que no presenta signo de enfermedad. En realidad el tema es bastante más complejo. Una de las cuestiones que hay que tener en cuenta es cómo influye la adaptación en todo el proceso de salud y enfermedad. La enfermedad no hay que pensarla por fuera de las condiciones materiales, familiares, sociales (etc.) que son las que la producen. Un claro ejemplo de cuándo enfermarse no es en sí "el problema" sino la consecuencia inevitable es por ejemplo un sujeto que ha perdido parte de su capacidad de audición por trabajar en condiciones laborales precarias con niveles altos de ruido. Muchas veces el organismo intentará adaptarse a las exigencias del entorno, aunque este sea patológizante. Desde la medicina social se viene insistiendo de la influencia del entorno, lo social y político en la emergencia de muchas enfermedades. Atender al estilo y la calidad de vida es intervenir en estos procesos, claro que, lo farmacológico sigue siendo una de las principales formas de abordar la enfermedad. No es para nada casual que la respuesta que reciben los problemas complejos de la salud y la enfermedad de la población sean abordados desde esta óptica. Los capitales de la farmacéuticas son empresas poderosas en todo el mundo que buscan su propio beneficio económico y así encontraremos que parte del “negocio” es no curar sino mantener el problema. Ni el simple antiácido estomacal ni el más poderoso antipsicótico “curan”, son efectivos mientras duran su efecto por lo cual terminan generando una clientela que provee ingresos permanentes.

En el caso de los antidepresivos otro de los problemas es el creciente uso que tienen en la población. En los Estados Unidos han llegado a un punto en que casi la mitad de su población es calificada de mentalmente enferma de algún modo y casi una cuarta parte de sus ciudadanos – 67,5 millones– han tomado antidepresivos. Daría la impresión que muchas personas están tomando muchos más medicamentos de lo necesario para problemas que pueden no ser siquiera trastornos mentales. Muchos además, son autoadministrados, sin consulta psiquiátrica.

A continuación presento un video de Gwen Olsen, que habla de algunas de estas cuestiones. Olsen es una ex funcionaria de la industria farmacéutica y autora del libro “Confessions of an Rx Drug Pusher”.


13 de noviembre de 2010

La madre



Les dejo este interesante corto de la familia Bardem: Javier Bardem y su madre Pilar, que trabajan bajo la dirección de Miguel Bardem y con música de Juan... Bardem naturalmente. La historia ha convocado a toda la familia aunque suponemos que alguna coincidencia con la realidad será mera coincidencia.

La historia habla de las dificultades que encuentra el hijo para deshacerse de su madre. Lo intenta por todos los medios pero siempre con el mismo resultado. Hay por allí una cierta compulsión a la repetición y la presencia de un antiguo mandato paterno.

Que lo disfruten!

11 de noviembre de 2010

Brote psicótico

Hace algunos días alguien me consultó por mail pidiéndome información sobre el llamado “brote psicótico”, aprovecho ahora para hablar un poco de este tema, ampliando un poco la respuesta que le di a esta persona.

Cuando se habla de “brote psicótico” se está haciendo referencia a un episodio “breve”, pudiendo ir de uno a varios meses, durante este período suele ser necesaria la internación y medicación adecuada del sujeto para estabilizarlo. Este episodio puede ser la agudización de un cuadro de un trastorno mental en curso o puede ser la primer crisis y con la que se desencadena una estructura que hasta el momento estaba latente. En general, el uso de drogas (cocaína, marihuana, etc), pueden ser el desencadenante de estos episodios. No quiere decir que estas drogas sean la causa sino el medio por el cual es posible que emerja una estructura psicótica de la personalidad.

Desde el imaginario social aún existe la idea de la psicosis como “el loco”, pero en la realidad las personalidades psicóticas pueden desenvolverse en una apariencia “normal”, trabajando y estudiando como cualquier persona.

Lo que caracteriza a este episodio es la ruptura con la realidad dado que aparece el delirio. Las características de este delirio varían de un sujeto a otro. Desde los medios o el registro social, se hacen visibles cuando aparece asociado a actos de violencia. Pero la mayoría de las veces el sujeto se vuelve peligroso para sí mismo, poniendo en riesgo su vida más que la de terceros.

6 de noviembre de 2010

Toda la vida tiene música

Si pensamos que la música está compuesta por ritmo, melodía y armonía y que al menos uno de estos elementos, el ritmo, está presente en buena parte de nuestra biología, la afirmación del poeta parece evidente. Toda la vida tiene música hoy, todas las cosas tienen música, del sol de los hombres. (L. A. Spinetta)

Tenemos los biorritmos. La naturaleza se manifiesta a través de estructuras rítmicas. Los ritmos cardíacos, arteriales, la respiración y el caminar son pulsasiones vitales que organizan un espacio temporal. La química también tiene sus ciclos , determinadas hormonas que son proucidas dentro de ciclos temporales precisos.

La alternancia de fases de luz y oscuridad es un organizador y un estímulo al que nuestro organismo es sensible y responde en consecuencia. Es el ritmo que organiza la producción de hormonas que producen por ejemplo el ciclo sexual femenino.

El ritmo está presente en casi todo, cuando hablamos, cantamos o jugamos al tenis,. También el lenguaje y la comunicación tienen estructura rítmica. Podemos comprobar como hay una cadencia particular en un discurso depresivo u otro maniaco por ejemplo, que corresponde con el estar deprimido o acelerado con los consecuentes ahorros o gastos de energía.

El ritmo tiene raíces en el cuerpo y este cuerpo es la base de nuestro yo. En el ritmo del habla encontramos que en las patologías más severas como la psicosis esto está comprometido, hay una forma particular de decir, faltan las puntuaciones, el ritmo es frenético. En realidad lo que falta en el psicótico, al decir de Lacan es el "cuerpo" (yo imaginario). Si el neurótico, crea una idea de si, un yo imaginario que interfiere con la realidad en el caso de la psicosis esto no sucede, no hay forma de mediar con la realidad y el sujeto vive como real sus proyecciones delirantes.

Desde la neurosis a la psicosis el ritmo está presente.